Nunca he viajado fuera de mi país, la verdad es que por
ahora no me siento interesado en viajar al extranjero en la medida en que no
conozco casi NADA de este bello territorio llamado Colombia. Hace poco partí de
mi ciudad natal por cuestiones académicas y llegué a una ciudad que en
comparación a la mía es inmensa, Medellín. Una ciudad conocida por la droga,
las prostitutas y el terrorismo recibía a un joven, inexperto, sediento de
conocimiento y progreso; me moría por comprobar lo que decían de este pueblo,
como le llaman los "rolos".
Ya han pasado unos meses en los que se puede decir que he
caminado la ciudad, he asistido a eventos donde concurren todo tipo de personas
y me he dejado contar lo que Medellín tiene por contarle a todos y cada uno de
los turistas.
Centrándome un poco en la cartografía del territorio Medellín
parece, literalmente, una cuna; es como un manto que arropa el gran Valle de
Aburrá. Tuve la oportunidad de apreciar la extensión y la imponencia de la
ciudad desde la línea K del metrocable de la ciudad que atraviesa las comunas 1
y 2 y sube hasta conectar con la línea L que conduce al Parque Regional
Ecoturístico Arví, bellísimo por cierto. Al contemplar
la cantidad de casas, edificios y carreteras fue inevitable pensar en cómo se vería
de noche así, que en cuanto la universidad me lo permitiera tomaría una cámara e
iría a un mirador a admirar esta obra de arte.
Como vivo solo y tengo el presupuesto
ajustado no tuve otra elección distinta al cerro Nutibara que, a pesar de no
ofrecer una vista distante y panorámica, me daba lo que pedía, la ciudad desde
arriba.
Invite a unos amigos para no sentirme tan
solo. A eso de las 8 de la noche llegamos y fue algo “agüesome”. La posición en
la que me encontraba me transportaba a un videouego en el que podía controlar
todo lo que allí sucedía, a la vez que me sentía intimidado porque a pesar de
que lo intentaba no era capaz, ni de cerca, abarcar con un solo barrido de mis
ojos la ciudad por completo cosa que en Villavicencio la tierra de la que vengo
si pasa.
Cuando atenué un poco el asombro me fijé
en el tipo de luz propio de cada barrio y me di cuenta de algo muy curioso; en
las zonas populares de la ciudad predominaba la bombilla cálida mientras que en
los altos edificios del Poblado las luces blancas se tomaban por completo el
paisaje. Medellín se presentó ante mi como la
ciudad de las luces, no tanto por su producción intelectual sino por la belleza
y la perfeccion en la distribución de los focos, cuanto menos cautivador.
No hay comentarios:
Publicar un comentario